Click! Escucho al observar mis manos… mientras sostengo un par de correas color azul pálido sucio al asegurar los broches de latón a mis tirantes.
Plack! Escucho al observar que mi lonchera negra metálica se desliza y golpea contra uno de los tubos verticales entre los pasillos del tren.
En ese instante comprendo donde estoy y quién soy. Soy un obrero. Me encuentro en Brooklyn. En un tren. Llevo puestos unos pantalones de tela azul marino tipo lona, tirantes grisáceos y camisa color lavanda de algodón, con una gorra de pana color café. Zapatos de trabajo, viejos y deslucidos, color café. Tengo el pelo negro, abundante y ligeramente rizado. Tengo 32 años de edad y circa 1940s.
Mis perros me acompañan al trabajo como todas las mañanas. Aún no amanece cuando advierto que mi mejor amigo y compañero de trabajo ya se encuentra sentado junto a mí. Observo su lonchera azul firmemente sostenida entre sus manos, tan gastada que el metal puede verse, y reparo en su mirada… llena de pánico.
Me llama la atención el gemido de mis perros. La hembra es Cocker y el macho, a pesar de no registrarlo en mi memoria, sé que se llama Mutt. Llantos a mi alrededor. Gente rezando. Ese olor… ¿Qué pasa?
Me percato del miedo a mí alrededor mientras mis perros… que no cesan de lloriquear frente a mí, suplican que yo los cargue.
Me inclino a levantarlos y es cuando me doy cuenta que el tren se está balanceando peligrosamente… aún sin entender a fondo lo que sucede, tan rápidamente, a mi alrededor… tranquilizo a mis perros, percibo un calor, un olor extraño y advierto que las vías del tren se han roto… hemos quedado al borde del precipicio… balanceándonos lentamente… suavemente.
Gritos. Llantos. Rezos. Puedo ver luces como de llamas debajo del tren, sentir el calor, escuchar las sirenas de las ambulancias y los bomberos, así como a la policía dando instrucciones en sus altoparlantes.
Sostengo a mis perros a mi lado... sobre el asiento de madera color magnolia y les abrazo fuertemente sabiendo que estamos a punto de morir pero deseando fervientemente ser rescatados.
Les abrazo más fuerte aún… percibo su miedo. Siento como tiemblan. Ellos pueden oler y ver el mío.
Veo el edificio Empire State en el horizonte con el sol profundamente amarillo y brillante detrás de él. Mientras abrazo con más fuerza a mis perros... el tren comienza a caer.
Y despierto… llorando… todavía sintiendo y oliendo lo que sucedía a mí alrededor hacía tan solo un instante… soy nuevamente yo. Segura en mi cama. Preguntándome si habría sobrevivido o no. Preguntándome qué les habría pasado a mis perros. ¡FUE TAN REAL!
¿otro?
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